Recordar un número de teléfono, encontrar el camino sin GPS, memorizar una fecha importante o conservar mentalmente una información escuchada unas horas antes: estos gestos parecían antes completamente normales. Hoy, algunos de ellos se han vuelto opcionales. Nuestros smartphones, motores de búsqueda, calendarios digitales y aplicaciones de navegación pueden recordar por nosotros.

Esta transformación no significa necesariamente que nuestra memoria esté desapareciendo. Más bien, sugiere que nuestra forma de recordar está evolucionando. A veces conocemos una información con menos precisión, pero sabemos mucho mejor dónde y cómo encontrarla. Esta memoria digital, que se basa en una interacción permanente entre nuestras capacidades cognitivas y las herramientas externas, modifica así nuestra relación con el conocimiento.

La verdadera cuestión probablemente no sea saber si debemos aceptar o rechazar la tecnología. Se trata más bien de determinar qué capacidades queremos seguir ejercitando nosotros mismos y cuáles podemos confiar sin riesgo a nuestros dispositivos.

Es precisamente esta búsqueda de equilibrio la que permite considerar la tecnología digital no como enemiga de la memoria, sino como una herramienta capaz de complementarla.

Cuando nuestro smartphone se convierte en una memoria externa

El ser humano siempre ha utilizado soportes externos para conservar información. La escritura, los libros, los cuadernos, los calendarios y las bibliotecas han permitido, cada uno en su época, ampliar considerablemente las posibilidades de la memoria individual.

El smartphone continúa esta historia, pero con una diferencia fundamental: concentra en un solo objeto, accesible casi instantáneamente, una enorme cantidad de información.

¿Por qué memorizar una ruta cuando el GPS puede guiarnos? ¿Por qué recordar una cita cuando nuestro calendario nos avisará automáticamente? ¿Por qué aprender un dato concreto si un motor de búsqueda puede encontrarlo en cuestión de segundos?

Esta delegación cognitiva se asocia a veces con lo que se conoce como amnesia digital: tendemos a recordar peor determinadas informaciones cuando sabemos que seguirán siendo fácilmente accesibles a través de un dispositivo o de Internet.

Sin embargo, este fenómeno merece ser analizado con matices. Externalizar una información no es automáticamente sinónimo de pérdida cognitiva. Liberar nuestra memoria de determinados datos también puede permitirnos dedicar más recursos mentales a la reflexión, la resolución de problemas o la creatividad.

Al fin y al cabo, nunca hemos intentado memorizarlo todo. El cerebro selecciona constantemente la información que considera importante. La tecnología digital simplemente añade una nueva posibilidad: decidir que una información puede almacenarse en otro lugar.

El problema aparece sobre todo cuando esta delegación se vuelve automática. Si cada información se confía inmediatamente a un dispositivo, nuestro cerebro dispone de menos oportunidades para codificarla, consolidarla y posteriormente recuperarla.

La cuestión de la memoria y la tecnología reside, por tanto, menos en el uso de las herramientas que en la manera en que las utilizamos.

Atención y memoria: el verdadero desafío de las pantallas

Para crear un recuerdo duradero, primero debemos haber prestado suficiente atención a la información.

Sin embargo, nuestro entorno digital es especialmente eficaz a la hora de fragmentar esa atención. Notificaciones, mensajes, vídeos, noticias y demandas profesionales pueden sucederse en cuestión de minutos. Pasamos entonces rápidamente de una tarea a otra con la impresión de que podemos realizar varias actividades simultáneamente.

Para la memoria, esta fragmentación puede resultar problemática.

Una información procesada de manera superficial tiene menos posibilidades de ser codificada correctamente. Por lo tanto, resulta más difícil recuperarla posteriormente. Cuando consultamos constantemente nuestro smartphone mientras leemos, asistimos a una clase o mantenemos una conversación, no es necesariamente la pantalla en sí misma la que debilita nuestra memoria a largo plazo: también lo hacen las interrupciones que provoca.

Imaginemos a dos personas leyendo el mismo texto durante veinte minutos. La primera permanece concentrada en la lectura. La segunda consulta regularmente sus mensajes, responde a una notificación y después busca una información en Internet antes de volver al texto.

Ambas han pasado técnicamente veinte minutos frente al documento. Sin embargo, sus condiciones de aprendizaje son muy diferentes.

La segunda persona debe reconstruir repetidamente el contexto mental de lo que estaba leyendo. Esta sucesión de interrupciones puede dificultar la asimilación.

Proteger nuestra memoria en la era digital significa, por tanto, proteger también nuestra atención.

Esto puede lograrse mediante decisiones extremadamente sencillas: desactivar las notificaciones no esenciales, mantener el teléfono alejado durante un periodo de trabajo, reservar un momento concreto para consultar los mensajes o terminar una tarea antes de abrir otra aplicación.

El objetivo no es eliminar la tecnología digital, sino recuperar el control sobre el momento en que reclama nuestra atención.

GPS, motores de búsqueda e IA: ¿qué deberíamos seguir memorizando?

Las herramientas digitales también nos obligan a replantearnos qué merece realmente la pena memorizar.

Tomemos el GPS como ejemplo. Representa una ayuda extraordinaria: reduce el riesgo de perdernos, facilita los desplazamientos por lugares desconocidos y permite adaptar inmediatamente una ruta a las condiciones del tráfico.

Pero seguir sistemáticamente unas instrucciones sin observar nuestro entorno no activa los mismos mecanismos que construir mentalmente un itinerario.

El mismo razonamiento puede aplicarse a los motores de búsqueda y a los asistentes digitales. Obtener una respuesta en pocos segundos resulta extraordinariamente práctico. Pero encontrar una información no siempre equivale a comprenderla, y comprender una idea una vez no significa necesariamente que seamos capaces de recordarla mañana.

Aquí aparece una distinción esencial: acceder al conocimiento y poseer el conocimiento son dos cosas diferentes.

Necesitamos información inmediatamente disponible en nuestra memoria para poder razonar. Una persona que ya domina los conceptos fundamentales de un ámbito puede establecer conexiones, evaluar una nueva idea o detectar una incoherencia con mucha más facilidad que alguien que necesita buscar cada elemento por separado.

Por el contrario, memorizar toda la información a la que podríamos acceder sería innecesario y poco realista.

Un uso inteligente de la memoria digital consiste, por tanto, en diferenciar entre conocimientos fundamentales, información utilizada con frecuencia y datos ocasionales.

Los conocimientos esenciales para nuestro trabajo, nuestros estudios o nuestra comprensión del mundo se benefician de ser asimilados y memorizados. La información utilizada con frecuencia puede convertirse progresivamente en un automatismo. En cuanto a los datos ocasionales, como una dirección, un horario o una referencia consultada rara vez, pueden confiarse perfectamente a una herramienta digital.

Este enfoque transforma la tecnología en una extensión de nuestra memoria en lugar de convertirla en un sustituto permanente.

¿Puede la tecnología digital proteger también nuestras capacidades cognitivas?

La relación entre tecnología y deterioro cognitivo suele presentarse de una manera muy negativa. Sin embargo, la realidad científica es más compleja.

Investigaciones recientes dedicadas a estudiar la relación entre el uso de las tecnologías digitales y las capacidades cognitivas de adultos de mediana edad y personas mayores invitan, en particular, a matizar la idea de que las herramientas digitales provocan mecánicamente un deterioro de la cognición.

Este matiz es fundamental.

Utilizar un ordenador, aprender a manejar una nueva aplicación, comunicarse con otras personas o buscar activamente información puede movilizar distintas capacidades: atención, resolución de problemas, aprendizaje y adaptación.

En otras palabras, no todos los usos digitales son iguales.

Pasar una hora desplazándose pasivamente por un flujo de contenidos no activa necesariamente los mismos procesos cognitivos que escribir un texto, aprender un idioma, realizar una investigación, crear una presentación o resolver un problema con la ayuda de un ordenador.

Por eso es más pertinente preguntarse por la calidad del uso digital que limitarse a contar el número de horas que pasamos frente a una pantalla.

La tecnología puede convertirse en un entorno estimulante cuando nos lleva a aprender, crear, comunicarnos y resolver problemas. Se vuelve más problemática cuando impone una sucesión constante de interrupciones o sustituye sistemáticamente cualquier esfuerzo por recuperar información de nuestra memoria.

Cómo desarrollar una memoria aumentada en la vida cotidiana

No es necesario renunciar al smartphone ni memorizar toda nuestra agenda para ejercitar el cerebro. Algunos hábitos pueden ayudarnos a mantener una relación más activa con la información.

Escribir determinadas informaciones a mano. Tomar notas manuscritas generalmente nos obliga a seleccionar, reformular y organizar aquello que queremos conservar. En lugar de limitarnos a registrar una información, comenzamos ya a procesarla.

Intentar recordar antes de buscar. Antes de recurrir inmediatamente a un motor de búsqueda, concédete unos segundos para intentar recuperar mentalmente la información. Este esfuerzo de evocación constituye en sí mismo un ejercicio útil.

Utilizar la recuperación espaciada. Releer varias veces una información puede generar fácilmente una sensación de dominio. Intentar recordarla sin mirar y repetir después este ejercicio tras intervalos cada vez más largos activa la memoria de forma más intensa.

Crear periodos sin interrupciones. Para aprender un tema complejo, treinta minutos de verdadera concentración pueden ser más útiles que un periodo mucho más largo interrumpido por notificaciones y cambios constantes entre aplicaciones.

Utilizar ocasionalmente el GPS como herramienta de comprobación. En un entorno familiar, intenta prever tu recorrido antes de iniciar la navegación. El GPS puede servir después como red de seguridad en lugar de sustituir por completo tu representación espacial.

Transformar el consumo en producción. Después de ver un vídeo, leer un artículo o escuchar un pódcast, intenta resumir sus tres ideas principales sin consultar la fuente. Esta pequeña exigencia transforma un consumo pasivo en una recuperación activa.

Elegir qué externalizamos. Un calendario digital es excelente para guardar citas. Una aplicación de notas es ideal para archivar referencias. Pero las ideas fundamentales necesarias para nuestro trabajo, nuestros estudios o nuestros proyectos se benefician de convertirse en auténticos conocimientos disponibles mentalmente.

Todos estos hábitos se basan en un mismo principio: utilizar la tecnología digital después del esfuerzo cognitivo o junto a él, en lugar de utilizarla sistemáticamente para sustituirlo.

Un smartphone puede registrar una información; nosotros podemos decidir comprenderla. El GPS puede indicarnos una dirección; nosotros podemos seguir observando nuestro entorno. Un motor de búsqueda puede proporcionar una respuesta; nosotros podemos dedicar tiempo a integrarla en nuestros conocimientos.

Esta distinción podría adquirir todavía más importancia a medida que los asistentes digitales y la inteligencia artificial hagan que el acceso a la información sea cada vez más rápido.

La pregunta «¿Dónde puedo encontrar esta información?» está perdiendo progresivamente importancia. En cambio, saber analizar una respuesta, situarla en su contexto, compararla con lo que ya sabemos y evaluar su fiabilidad se está volviendo esencial.

Por tanto, la memoria humana no debería competir con las máquinas. Debería conservar precisamente aquello que nos permite utilizarlas correctamente.

Este es el verdadero sentido de una memoria aumentada: confiar a las herramientas las tareas que realizan eficazmente mientras seguimos ejercitando la atención, el razonamiento, la orientación y la recuperación de conocimientos importantes.

Para profundizar en esta reflexión sobre la amnesia digital, los smartphones y la memoria, así como en las formas de conciliar las herramientas tecnológicas con nuestras capacidades cognitivas, Cómo nuestros recuerdos son modificados por la tecnología digital, de Léwis Verdun, ofrece un enfoque matizado, basado en investigaciones recientes y acompañado de estrategias concretas.

Más que luchar contra la tecnología, el libro nos invita a aprender a decidir conscientemente qué queremos delegar en ella. Una reflexión especialmente actual en un momento en el que los smartphones, los motores de búsqueda y la inteligencia artificial ocupan un lugar cada vez más importante en nuestra relación con el conocimiento.

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