El dinero condiciona gran parte de nuestras decisiones cotidianas. Tener una vivienda, desplazarse, formarse, acceder a la energía o disponer de conexión a Internet requiere, por lo general, contar con ingresos suficientes. Sin embargo, a medida que avanzan la digitalización y la inteligencia artificial y se intensifican los debates sobre las desigualdades, surge una pregunta cada vez más importante: ¿es realmente necesario eliminar el dinero para reducir nuestra dependencia de él?
Esta cuestión conduce hacia un tema más concreto que la idea radical de una sociedad en la que el dinero haya desaparecido por completo: la desmercantilización de determinadas necesidades esenciales. En otras palabras, ¿podría una sociedad seguir utilizando dinero y, al mismo tiempo, garantizar que el acceso a ciertos bienes y servicios indispensables no dependa exclusivamente de la capacidad inmediata de pago?
Esta perspectiva constituye una posible puerta de entrada al debate sobre el poscapitalismo. Permite analizar desde otro punto de vista los servicios universales, los bienes comunes, la automatización y la renta garantizada. Sobre todo, nos lleva a preguntarnos qué papel queremos otorgar al dinero en la economía del futuro.
Un mundo sin dinero no es la única forma de repensar la economía
Imaginar una economía sin dinero puede parecer radical. La moneda desempeña varias funciones especialmente útiles: facilita los intercambios, permite expresar los precios y sirve como reserva de valor.
Pero reducir nuestra dependencia del dinero no significa necesariamente abolirlo.
Nuestras sociedades ya cuentan con ámbitos en los que la relación entre consumo y pago inmediato está parcialmente desvinculada. Dependiendo del país y de su modelo social, la educación pública, determinadas infraestructuras, algunos servicios sanitarios o ciertos equipamientos colectivos pueden ser accesibles sin un pago directo en el momento de utilizarlos, aunque evidentemente tengan un coste que debe financiarse colectivamente.
La verdadera pregunta pasa a ser entonces: ¿hasta dónde podría extenderse esta lógica?
Aquí entra en juego el concepto de servicios universales. En lugar de garantizar únicamente unos ingresos que permitan a las personas comprar aquello que necesitan, una sociedad también puede decidir garantizar directamente el acceso a determinados servicios.
Entre estos servicios fundamentales podrían encontrarse:
- una cobertura sanitaria básica;
- una educación y formación accesibles;
- una vivienda digna o una protección efectiva frente a la falta de vivienda;
- una cantidad mínima de energía;
- una movilidad esencial;
- una conectividad digital suficiente para participar en la vida social y profesional.
Un sistema de este tipo no eliminaría necesariamente los mercados. Las personas podrían seguir comprando bienes, invirtiendo, ahorrando y eligiendo entre diferentes ofertas. Sin embargo, la capacidad para satisfacer determinadas necesidades fundamentales estaría menos vinculada directamente a los ingresos disponibles.
El debate sobre el poscapitalismo puede plantearse, por tanto, no como la búsqueda de una sustitución inmediata del sistema existente, sino como una reflexión sobre la frontera entre aquello que debe depender del mercado y aquello que podría garantizarse independientemente de él.
Servicios universales y renta garantizada: dos enfoques diferentes
Dos ideas ocupan un lugar importante en los debates contemporáneos sobre el futuro de la economía: la renta garantizada y los servicios universales.
Ambas pueden perseguir objetivos similares, pero utilizan mecanismos muy diferentes.
Una renta garantizada actúa sobre el poder adquisitivo. Proporciona a las personas recursos económicos que después pueden utilizar de acuerdo con sus propias prioridades. Este enfoque concede, por tanto, una gran importancia a la autonomía individual.
Los servicios universales siguen una lógica diferente. La sociedad organiza o financia colectivamente el acceso a determinados recursos considerados esenciales. Su objetivo no consiste necesariamente en proporcionar más dinero, sino en reducir la cantidad de dinero necesaria para satisfacer las necesidades fundamentales.
Pensemos en un ejemplo sencillo.
Una persona que debe destinar cada mes una parte importante de sus ingresos a la vivienda, el transporte, la energía y la conexión a Internet necesita unos ingresos relativamente elevados antes incluso de poder satisfacer otras necesidades. Si algunos de estos costes se reducen considerablemente gracias a infraestructuras colectivas o garantías universales, también puede disminuir el nivel de ingresos necesario para participar plenamente en la sociedad.
Estos enfoques plantean, sin embargo, preguntas importantes. ¿Cómo deberían financiarse estos sistemas? ¿Qué servicios deben considerarse esenciales? ¿Cómo preservar la calidad y la libertad de elección? ¿Qué papel deberían desempeñar las empresas privadas? ¿Cómo evitar que el acceso universal conduzca a un uso ineficiente de determinados recursos?
El debate no puede reducirse simplemente a una elección entre «mercado» y «gratuidad». Se trata de determinar qué mecanismos son los más adecuados para cada necesidad.
¿Está cambiando la inteligencia artificial el valor económico del trabajo?
El desarrollo de la inteligencia artificial añade una nueva dimensión a esta reflexión.
Durante buena parte de la historia industrial, los aumentos de productividad se apoyaron en máquinas capaces de ampliar o sustituir principalmente determinadas tareas físicas. Los sistemas digitales y la IA están extendiendo ahora la automatización hacia actividades intelectuales como el procesamiento de datos, la redacción, la traducción, la programación, la asistencia administrativa, el análisis documental o la producción de contenidos.
Esta evolución plantea una cuestión fundamental: si una parte creciente del valor económico puede producirse con menos trabajo humano, ¿cómo deberían distribuirse los beneficios derivados de ese aumento de productividad?
Sería excesivo concluir que el trabajo humano está destinado a desaparecer. La historia de la tecnología demuestra que la automatización también puede transformar las profesiones, modificar las competencias demandadas y generar nuevas actividades.
Sin embargo, la IA hace más visible una tensión que existe desde hace mucho tiempo. En una economía en la que el acceso a los recursos depende en gran medida de los ingresos procedentes del trabajo, una transformación profunda del mercado laboral puede tener importantes consecuencias sociales.
Esta evolución ayuda a explicar por qué la renta garantizada, la formación a lo largo de toda la vida y los servicios universales aparecen regularmente en los debates sobre la economía del futuro.
La cuestión va entonces más allá del propio empleo: se trata de determinar hasta qué punto la seguridad material de una persona debería depender de su capacidad para vender su trabajo en el mercado.
Los bienes comunes ofrecen otra forma de pensar la propiedad
Reflexionar sobre el poscapitalismo también implica interesarse por los bienes comunes.
Un bien común no es simplemente algo gratuito. Se trata de un recurso gestionado mediante reglas que permiten a una comunidad conservarlo, utilizarlo y compartir su valor.
Los ejemplos pueden ser tanto materiales como inmateriales: recursos naturales, conocimiento, software libre, datos abiertos o infraestructuras compartidas.
La era digital ha dado una mayor visibilidad a este modelo. Los recursos de información pueden producirse colectivamente y ponerse a disposición de un gran número de personas sin que cada individuo tenga que comprar por separado cada información que consulta.
El software libre también se basa en formas de producción y de intercambio que no siempre corresponden al modelo tradicional de un producto vendido individualmente a cada usuario.
Esto no significa que estos recursos no tengan ningún coste de producción. Los servidores, el trabajo humano, el mantenimiento y las infraestructuras siguen necesitando financiación. Sin embargo, la relación entre el pago individual y el acceso a un recurso puede ser profundamente diferente.
Esta distinción es esencial para comprender lo que podría significar realmente una economía menos dependiente del dinero. No se trata de imaginar que los recursos puedan volverse mágicamente gratuitos, sino de desarrollar otras formas de distribuir sus costes y sus beneficios.
¿Cómo sería realmente una menor dependencia del dinero?
En lugar de imaginar que una sociedad completamente nueva puede aparecer de un día para otro, podemos analizar nuestra dependencia del dinero a partir de situaciones muy concretas.
En el ámbito de la salud, por ejemplo, la cuestión consiste en determinar hasta qué punto el acceso a los tratamientos esenciales debería depender de los recursos económicos individuales y qué parte podría financiarse colectivamente.
La misma cuestión se plantea en la educación y la formación. ¿La posibilidad de adquirir nuevas competencias debería depender principalmente de la capacidad de una persona para pagar una formación o sería conveniente facilitar más ampliamente el aprendizaje a lo largo de toda la vida?
Preguntas similares aparecen en relación con el transporte, la energía y el acceso a Internet. Una sociedad podría decidir garantizar un nivel mínimo de acceso a determinados servicios y mantener, al mismo tiempo, una tarificación para consumos adicionales.
Esta manera de abordar el problema permite superar una oposición simplista entre capitalismo y economía sin dinero.
Una sociedad podría conservar los precios, las empresas privadas, el ahorro y los mercados competitivos y, al mismo tiempo, decidir que determinadas necesidades nunca deberían depender exclusivamente de los ingresos individuales.
Para evaluar una propuesta económica basada en este principio, resulta útil plantearse algunas preguntas:
- ¿El sistema garantiza realmente el acceso al servicio o se limita a reducir su precio?
- ¿Su financiación es sostenible a largo plazo?
- ¿Favorece la autonomía de las personas?
- ¿Reduce las desigualdades de acceso?
- ¿Preserva suficientes recursos para las generaciones futuras?
- ¿Quién establece las reglas y cómo pueden evolucionar?
- ¿Qué mecanismos pueden evitar los abusos, la escasez o una pérdida de calidad?
Estas preguntas permiten analizar diferentes propuestas económicas sin asumir que un único modelo pueda resolver todos los problemas.
La transición ecológica hace aún más importante la cuestión del reparto
Reflexionar sobre una economía menos dependiente del dinero conduce inevitablemente a plantearse también los límites medioambientales.
El crecimiento del consumo material no puede analizarse independientemente de los recursos necesarios para fabricar bienes, transportar productos, alimentar las infraestructuras o gestionar los residuos.
La economía circular busca, entre otras cosas, prolongar la vida útil de los productos, fomentar su reparación y reutilización y reducir la extracción de nuevos recursos.
Este enfoque también puede transformar nuestra relación con la propiedad.
¿Necesitamos realmente poseer individualmente todos los objetos que utilizamos solo de vez en cuando? ¿Podrían los sistemas de alquiler, uso compartido, reparación o mutualización proporcionar los mismos servicios utilizando menos recursos?
Una biblioteca constituye desde hace mucho tiempo un ejemplo sencillo. Su función no consiste en garantizar que cada persona posea miles de libros, sino en permitir que una comunidad acceda a una gran colección gracias a una infraestructura compartida.
Aplicada a otros sectores, esta lógica nos lleva a pensar más en términos de acceso, uso y bienes comunes que de acumulación individual.
El poscapitalismo plantea, en última instancia, una cuestión de prioridades
Los debates sobre el futuro de la economía pueden volverse rápidamente abstractos cuando se concentran exclusivamente en la desaparición del dinero o en la sustitución completa de un sistema económico por otro.
Sin embargo, existe una pregunta mucho más inmediata que merece nuestra atención: ¿qué parte de nuestra vida debería depender directamente de nuestra capacidad para pagar?
Es aquí donde empiezan a converger las reflexiones sobre los bienes comunes, la inteligencia artificial, la renta garantizada, la economía circular y los servicios universales.
No todas ofrecen la misma respuesta. Sin embargo, muestran que entre una economía completamente dominada por el mercado y un hipotético mundo sin dinero existe una amplia variedad de modelos híbridos.
El desafío del poscapitalismo podría consistir, por tanto, menos en eliminar el dinero que en redefinir su papel: mantener la moneda como instrumento de intercambio y, al mismo tiempo, reflexionar sobre aquellos ámbitos en los que no debería constituir la única puerta de acceso a la salud, el conocimiento, la movilidad, la energía o la participación en la sociedad.
Este es precisamente el tipo de reflexión que propone L’ère du post-capitalisme : vers un monde sans argent ?, de Léwis Verdun. El libro explora las transformaciones monetarias, tecnológicas, sociales y medioambientales contemporáneas y ofrece puntos de referencia para comprender mejor los debates sobre el poscapitalismo y la economía del futuro.
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