Una lengua no sirve únicamente para convertir nuestros pensamientos en palabras. También permite organizar la realidad, transmitir conocimientos, contar una historia compartida y mantener los vínculos entre generaciones. Cuando una lengua deja de hablarse, su desaparición va mucho más allá del ámbito de la lingüística.
Hoy en día, una parte importante de la diversidad lingüística mundial se encuentra amenazada. Esta situación moviliza a instituciones internacionales, investigadores y comunidades que buscan preservar y transmitir lenguas que se han vuelto vulnerables.
¿Por qué algunas lenguas llegan a estar en peligro? ¿Qué perdemos cuando desaparecen? Y, sobre todo, ¿cómo puede una comunidad invertir este proceso?
Estas preguntas van mucho más allá de identificar las lenguas en peligro. Nos invitan a reflexionar sobre nuestra relación con el patrimonio cultural, la educación, la tecnología y la diversidad de los conocimientos humanos.
Una lengua también es una forma de organizar el mundo
Tendemos a considerar las lenguas como sistemas diferentes que permiten expresar aproximadamente las mismas cosas. Sin embargo, cada lengua se ha desarrollado dentro de un contexto histórico, social y geográfico particular.
Su vocabulario conserva las huellas de esa historia.
Las palabras utilizadas para describir plantas, animales, paisajes, relaciones familiares o prácticas sociales pueden preservar conocimientos acumulados durante generaciones. Algunos términos ni siquiera poseen un equivalente perfectamente comparable en otra lengua.
La diversidad lingüística constituye así una forma de memoria colectiva.
En algunas comunidades, una parte de los conocimientos relacionados con el medio ambiente se transmite principalmente de forma oral: las propiedades de determinadas plantas, los ciclos estacionales, las técnicas agrícolas, las prácticas de pesca o la comprensión de los ecosistemas locales. Una lengua puede convertirse en el principal vehículo para conservar y transmitir estos conocimientos.
Su desaparición no significa, por supuesto, que todos los conocimientos de sus hablantes se pierdan inmediatamente. Pueden traducirse, registrarse o transmitirse de otras maneras. Sin embargo, ciertos matices, asociaciones culturales y categorías propias de una lengua pueden resultar mucho más difíciles de preservar.
Por esta razón, la desaparición de las lenguas es especialmente significativa: también puede debilitar sistemas enteros de conocimiento.
¿Por qué una lengua deja de transmitirse?
Una lengua rara vez desaparece porque todos sus hablantes decidan colectivamente que ha dejado de ser útil. El proceso suele ser el resultado de una combinación de transformaciones sociales.
Uno de los momentos decisivos se produce cuando los padres dejan de transmitir su lengua a sus hijos.
Esta interrupción puede estar relacionada con la educación, las oportunidades laborales, las migraciones, la urbanización o el prestigio social asociado a una lengua dominante. En determinados contextos históricos, también ha sido favorecida por políticas de asimilación y por la marginación de ciertas poblaciones.
Las familias pueden optar entonces por una lengua que consideran más ventajosa para el futuro de sus hijos.
Desde una perspectiva individual, esta elección puede parecer completamente racional. Sin embargo, cuando la misma decisión se repite en una parte importante de la comunidad, la lengua local pierde progresivamente a sus hablantes más jóvenes.
Puede aparecer entonces una dinámica generacional: las personas mayores hablan la lengua con fluidez, los adultos la entienden pero la utilizan con menor frecuencia, mientras que los niños se comunican principalmente en otra lengua.
En esta situación, una lengua todavía puede contar con muchas personas capaces de comprenderla y, al mismo tiempo, encontrarse seriamente amenazada.
El número de hablantes no es, por tanto, el único indicador relevante. La transmisión entre generaciones desempeña un papel fundamental.
Cuando el mundo digital aumenta las desigualdades lingüísticas
La preservación de las lenguas se enfrenta actualmente a otro gran desafío: su presencia en el universo digital.
Los motores de búsqueda, los asistentes de voz, las plataformas de vídeo, los programas de traducción, los sistemas educativos en línea y la inteligencia artificial dependen de enormes cantidades de datos. Sin embargo, no todas las lenguas disponen de los mismos recursos digitales.
Las lenguas ampliamente utilizadas en Internet suelen beneficiarse de grandes corpus escritos, diccionarios electrónicos, contenidos audiovisuales y una enorme cantidad de conversaciones disponibles en formato digital.
Por el contrario, una lengua hablada por una comunidad pequeña puede disponer de muy pocos contenidos digitalizados.
Esta diferencia influye directamente en el desarrollo de las tecnologías lingüísticas.
Un sistema de inteligencia artificial entrenado con muy pocos datos en una lengua determinada tendrá, por lo general, mayores dificultades para comprenderla y producirla correctamente. De este modo, una lengua que ya es minoritaria puede quedar también marginada dentro de las herramientas digitales utilizadas diariamente.
Puede crearse entonces un círculo problemático: la escasez de contenidos genera menos herramientas digitales, mientras que la falta de herramientas adecuadas fomenta el uso de lenguas que ya cuentan con una mayor presencia en Internet.
Sin embargo, la tecnología también puede actuar en sentido contrario.
Los archivos sonoros, los diccionarios digitales, las aplicaciones educativas y los corpus lingüísticos creados por las propias comunidades pueden facilitar el aprendizaje y la transmisión. El desafío no consiste simplemente en elegir entre tecnología y diversidad lingüística, sino en determinar qué lenguas se benefician de estas tecnologías y cómo pueden participar las comunidades en su desarrollo.
¿Puede realmente recuperarse una lengua amenazada?
El declive de una lengua no es necesariamente irreversible mientras existan hablantes, archivos o una comunidad dispuesta a transmitirla.
Este es precisamente el objetivo de la revitalización lingüística.
Las iniciativas más ambiciosas suelen ir mucho más allá de elaborar un diccionario o registrar a los últimos hablantes. Buscan devolver a la lengua un lugar en la vida cotidiana.
Esto puede conseguirse mediante la educación, los medios de comunicación, las actividades culturales, las administraciones locales, la creación artística o las conversaciones familiares.
El principio es fundamental: una lengua permanece viva cuando las personas la utilizan.
Los programas dirigidos a los niños pequeños pueden, por ejemplo, ayudar a reconstruir una transmisión que anteriormente se había interrumpido. Algunos adultos también aprenden la lengua de sus abuelos antes de transmitirla a sus propios hijos.
Internet ofrece nuevas posibilidades. Una comunidad geográficamente dispersa puede crear cursos a distancia, registrar relatos, publicar vídeos o desarrollar archivos accesibles para las nuevas generaciones, independientemente del lugar donde vivan.
La revitalización lingüística se convierte así en un proyecto colectivo y no simplemente en una labor de conservación.
¿Cómo podemos contribuir a preservar la diversidad lingüística?
No es necesario ser lingüista para contribuir a la valoración y preservación de las lenguas amenazadas. Existen diferentes prácticas capaces de crear un entorno más favorable para su transmisión.
La transmisión familiar constituye uno de los principales recursos. Cuando una lengua se utiliza de manera natural con los niños, mantiene una función cotidiana y continúa circulando de una generación a otra.
Registrar a los hablantes también permite conservar relatos, canciones, expresiones y conocimientos que, de otro modo, podrían desaparecer. Estos archivos adquieren un valor especial cuando permanecen accesibles para las comunidades implicadas.
La creación de contenidos digitales representa otra herramienta importante. Los pódcast, vídeos, textos, aplicaciones y materiales educativos permiten que una lengua esté presente en los espacios frecuentados por las nuevas generaciones.
La educación bilingüe también puede contribuir a su transmisión al permitir que los estudiantes aprendan utilizando su propia lengua mientras adquieren otras que pueden resultar necesarias para sus estudios y su futuro profesional.
Por último, la creación de diccionarios, corpus digitales, obras literarias, canciones y contenidos culturales ayuda a mantener una lengua conectada con el mundo contemporáneo.
Sin embargo, existe un principio que merece especial atención: documentar una lengua no significa automáticamente salvarla.
Una colección de grabaciones puede permitir que investigadores y generaciones futuras estudien una lengua mucho después de la desaparición de sus últimos hablantes. Pero una lengua verdaderamente viva necesita personas que se comuniquen entre sí utilizándola.
Por ello, la preservación debería combinar, siempre que sea posible, documentación, aprendizaje y transmisión.
Preservar las lenguas también significa preservar conocimientos
La cuestión de las lenguas en peligro revela finalmente una realidad mucho más amplia: la humanidad posee múltiples formas de comprender, describir y organizar su entorno.
Preservar esta diversidad no significa intentar mantener a las comunidades ancladas en el pasado. Una lengua puede evolucionar, incorporar palabras procedentes de otros idiomas, adoptar tecnologías contemporáneas e inventar nuevas expresiones. Todas las lenguas vivas cambian junto con las personas que las utilizan.
El objetivo consiste más bien en permitir que las comunidades puedan decidir qué desean transmitir.
Esta diferencia es fundamental. Una lengua conservada únicamente como objeto de archivo ya no cumple la misma función que una lengua utilizada para bromear, trabajar, aprender, escribir, crear o hablar con los hijos.
Precisamente por ello, la revitalización lingüística constituye un desafío contemporáneo y no simplemente un intento de conservar el pasado.
Surge entonces una pregunta especialmente estimulante: ¿cuántas formas diferentes de pensar, describir y transmitir el mundo queremos preservar para las generaciones futuras?
Esta es la reflexión que desarrolla El misterio de las lenguas desaparecidas, de Léwis Verdun. El libro analiza los mecanismos que amenazan actualmente a miles de lenguas, desde la ruptura de la transmisión familiar y la urbanización hasta las migraciones, la marginación digital y los nuevos desafíos relacionados con la inteligencia artificial.
Accesible y documentado, invita a considerar la diversidad lingüística no solo como un patrimonio que merece ser protegido, sino también como una riqueza capaz de contribuir a nuestro futuro colectivo.
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